lunes, 13 de julio de 2015

Hacia una caricia con palabras



*Por: Rocío López

Me propuse leer sólo escritoras. La decisión la tomé después de leer «El Segundo Sexo» de Simon de Beauvoir.  Éste es un libro iracundo. Mientras mis ojos seguían la lectura imaginaba que la autora lo repetía a todo pulmón ayudada por un megáfono delante de una reunión multitudinaria de mujeres. La voz que encontré en el libro era estridente y me emocionaba a tal punto de imaginar dedicarme sólo a temas de “mujer y sus derechos”, me enardeció al grado de proferir una grosería dolorosa a un ser querido e ilusionado:

«Durante los primeros años se resigna, sin demasiada pena a esta suerte. El niño se mueve en el plano del juego y del sueño: juega a ser, juega a hacer; el hacer y el ser no se distinguen netamente cuando sólo se trata de realizaciones imaginarias. La niña puede compensar la actual superioridad de los chicos mediante las promesas encerradas en su destino de mujer y que , ya, realiza ella en sus juegos. [...] La niña comprueba que el cuidado de los hijos corresponde a la madre, y así se lo enseñan; los relatos oídos, los libros leídos, toda su pequeña existencia, se lo confirma; se le estimula a extasiarse ante aquellas riquezas futuras, le dan muñecas para que ya adopten un aspecto tangible. Su "vocación" le es dictada imperiosamente. El hijo se le presenta como su destino, [...]»

Esta cita pertenece a la cuarta parte del libro titulada FORMACIÓN, cuyo capítulo primero inicia con la multicitada frase  «No se nace mujer: se llega a serlo». Esta voz, llena de fuerza, de rabia, de convicción, de pasión se apoderó de mí, por un momento sentí que alguien sistematizaba mi pensamiento y al mismo tiempo esta sensación me provocaba risa, pues me parecía una creencia pueril. Así, pasó que el 10 de mayo (fecha de la madre en México) mi hermana nos da la noticia de su embarazo. Sin embargo, antes de pronunciar la sentencia ya me había arrepentido, fue como el impulso de quien se abalanza a cruzar una calle en el momento justo que el semáforo pasa del ámbar al rojo:   ̶  ¡Aborta!

No hizo falta ni la mirada de reproche, ni la respuesta inmediata de mi hermana:    ̶  ¡Aborta tú!, para sentir que la había cagado. La idea negativa de mi fallo me acompañó durante los siguientes días, pensé en escribirle una carta a mi hermana explicando que el libro que leí me había dotado de una seguridad y fuerza que provocaban  confianza, ahuyentando el miedo a SER, pero me pareció una banalidad. ¿Quién era yo para traducir un libro potente en una sentencia rastrera?, era mi error y debía afrontarlo sola. Así, opté por el silencio. Y un simple:   ̶  ¡Discúlpame hermana! Para quienes me conocen y tienen la osadía de apreciarme, saben que lo mío no es la prudencia. Así mi hermana se limitó a sonreír, no sin antes agregar con sorna:   ̶ ¡Ya te conozco ROCO!

El pasaje anterior en mi experiencia personal, así como la voz de Simon de Beauvoir retumbaron por varios días dejándome un sabor casi amargo. Pensé, como siempre, en el silencio y su valor. Sin embargo, la idea de seguir leyendo solo mujeres escritoras no me abandonó. Así un libro llegó a mí de manera curiosa, «La loca de la casa» de Rosa Montero, lo descubrí por casualidad en un itacate de libros que me regresaba una querida amiga escritora Shantal Contreras. Días antes le había prestado cuatro libros y ella para devolvérmelos los había dispuesto en un orden piramidal de mayor a menor tamaño envueltos cuidadosamente en una bolsa de plástico transparente que dejaba ver perfectamente una nota de agradecimiento, me gustó mucho este detalle que abrí el paquete, leí la nota y revisé los títulos, sin embargo uno no era mío. Se trataba de una edición bonita de Alfaguara, en cuya portada una pequeña de cinco años con un vestido rosa y una paleta en la mano destaca por su color de un grupo de enanos a sus espaldas. Abrí el libro al azar y casualmente la frase que apareció fue:

«Cuando una mujer escribe una novela protagonizada por una mujer, todo el mundo considera que está hablando sobre mujeres; mientras que cuando un hombre escribe una novela protagonizada por un hombre, todo el mundo considera que está hablando del género humano»

La frase anterior como las siguientes que leí, en aquel momento, estaban resaltadas en tonos fluorescentes, así continué con la curiosidad y la certeza de que encontraría algo que no buscaba, pero igual resultaría importante:

«Un pensamiento independiente es un lugar solitario y ventoso» «Eso es la escritura: el esfuerzo de trascender la individualidad y la miseria humana, el ansia de unirnos con los demás en un todo, el afán de sobreponernos a la oscuridad, al dolor, al caos y a la muerte» «…sin el entendimiento de nosotros mismos y de los demás, sin esa empatía que nos une a los otros, no puede existir ninguna sabiduría, ninguna belleza.» «La novela es el único territorio literario en el que reina la misma imprecisión y desmesura que en la existencia humana. Es un género sucio, híbrido, alborotado.» «Me considero feminista o, por mejor decir anti-sexista, porque la palabra feminista tiene un contenido semántico equivoco: parece oponerse al machismo y sugerir, por tanto, una supremacía de la mujer sobre el hombre, cuando el grueso de las corrientes feministas no sólo no aspiran a eso, sino que reivindican justamente lo contrario: que nadie resulte supeditado a nadie en razón de su sexo.»

 Citas que me invitaron a no devolver el libro antes de leerlo completo. "La loca de la casa" es el título del libro; se trata de una frase que Santa Teresa emplea para referirse a la imaginación, y Rosa Montero (autora de la obra) se vale de ella no sólo como título, sino como leitmotiv que dirige su voz. La voz de Rosa Montero en esta obra es la del niño que juega y se divierte mintiendo y viendo la reacción de sus acompañantes. Una voz que lo mismo interpreta de manera seria y profunda; pasajes, novelas y obras de autores importantes en la literatura, así como emocionar al lector con pasajes de su vida personal –pareciera autobiográfica – con una voz en tono cómplice y de camaradería, para después, como el buen prestidigitador, mostrarte que al menos en eso, todo fue un engaño. Mientras la voz de Simón de Beauvoir me encendió, la de Rosa Montero me dibujó una sonrisa de lado.

 La curiosidad por una nueva voz me asaltó una de esas noches en las que no se puede dormir, a veces por el calor de fuera, o por el de dentro. Fui a mi estantería a tomar un libro que estaba cuidando no abrir, pues constituía un regalo de mí para mí. La forma de escribir de Guadalupe Nettel me gustó después de leer su novela: «El huésped». Así pensé que, si el libro anterior me había gustado, entonces la decisión de Salvador Clotas, Paloma Díaz-Mas, Marco Giralt Torrente, Vicente Molina Foix y Jorge Herralde, jurado que otorgó el premio Herralde de Novela en noviembre de 2014 a «Después del invierno» no podría decepcionarme. Así, me dispuse a leerlo.

Lo primero que encontré fue un comienzo sencillo. Escrito en primera persona en una especie de confesión de los personajes. Primero Claudio quien se narra así mismo:

«Mi departamento está sobre la calle Ochenta y siete en Upper West Side de la ciudad de Nueva York. Se trata de un pasillo de piedra muy semejante a un calabozo. No tengo plantas. Todo lo vivo me provoca un horror inexplicable, igual al que algunos sienten frente a un nido de arañas. Lo vivo me amenaza, hay que cuidarlo o se muere. En  pocas palabras, roba atención y tiempo y yo no estoy para regalarle eso a nadie

Luego Cecilia:

«En diferentes momentos de mi vida, las tumbas me han protegido. Cuando era chica mi madre entabló una relación clandestina con un hombre casado y, para estar con él, me dejaba en casa de mi abuela paterna. En Oaxaca, o al menos en mi familia, no estaba bien visto que los niños asistieran a la escuela antes de entrar a la primaria. Se veía mejor que una madre dejara a su hija de cuatro años, durante mañana y tarde, en manos de sus parientes políticos si no podía o no deseaba ocuparse de ella. La casa de mi abuela era una villa antigua con patio interior y una fuente. [...] Una mañana encontré abierta la puerta de la cocina que comunicaba con él [patio trasero] y me escapé para explorarlo a mis anchas...se distinguía un montículo de tierra con una cruz. A pesar de mi corta edad no dejé de comprender que era una tumba [...] Mi abuela nunca aceptó darme las explicaciones que yo le pedía y, como suele suceder con lo prohibido, la tumba terminó por convertirse en una idea fija.» 

Después reparé que el perfil de cada personaje está delineado finamente no sólo con los títulos de libros favoritos por personaje, sino también, y además, con música; para Claudio, por ejemplo, los recuerdos de su natal Cuba los evocan las notas al piano de «la música de Keith Jarrett y entonces es posible que un sentimiento se presente, una sensación suave, discreta, como cuando un rayo de sol logra filtrarse hasta mi cama tendida, irradiando calor y luz durante unos minutos sobre la colcha y el suelo.» sobre todo, la lírica de César Vallejo que el personaje admira con devoción religiosa. La urdimbre de estos detalles revela la frase de Borges  "lo que lees te define más que aquello que has escrito", y esta fórmula aparece en cada fragmento de libro, los personajes mencionan los libros que leen y la música que escuchan y a través de ello definen su personalidad.




La voz de Nettel en «Después del invierno» me resultó, a diferencia de las anteriores, una caricia al alma. Tal vez porque percibo su tono de voz dulce, como un susurro, tal vez porque la selección de las palabras obedece a lo discreto, a lo diáfano, no sé por qué, pero me inspira una reverencia japonesa, un saludo que no requiere de contacto directo para expresar tanto. La voz delicada de Nettel mantiene un ritmo suave y envolvente. Lo mismo si escribe como si habla.
La atmósfera creada en el universo de esta novela me provocó al grado de cuestionar lo básico: ¿Cómo lo hace, cómo es capaz la autora de manejar los sentimientos de forma tan sutil, recurriendo a la descripción de detalles tan cotidianos, para hablarnos de manías tan profundas?¿Cómo puede tratar el tema de la soledad, del desamparo, de la enfermedad y la muerte como si fuese una melodía jazzística?

¿De qué se trata la historia? no es importante; ¿A quién se dirigen los personajes con sus declaraciones directas?, pareciera que tampoco; lo intrigante está en cómo Guadalupe Nettel concibe al lector, prodigándole respeto y admiración a quienes se atreven a escuchar con la mirada.

P.D. Un ejemplo de la prosa de NETTEL

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 Si puedo valerme de este espacio, me gustaría aspirar a la fuerza incendiaria de De Beauvoir para mis convicciones; a la ironía prestidigitadora de Rosa Montero en mis narraciones y, sobre todo; a la caricia respetuosa, elegante y dulce de Guadalupe Nettel en el trato a los míos.





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